El comienzo de la respiración cuando nacemos marca nuestra entrada en el mundo. Su cese marca nuestra salida de él y nuestra partida hacia una nueva dimensión.

Si estamos atentos a los cambios en nuestra respiración, nos daremos cuenta inmediatamente de que éstos nos informan de que está habiendo un cambio mental y emocional. La depresión tiene su propia forma de constreñir la respiración, limitando el movimiento del diafragma. La ansiedad genera un patrón respiratorio rápido y superficial que aumenta los niveles de ácido láctico en sangre, los cuales, a su vez, generan mayor grado de ansiedad. Los ejercicios de respiración son muy importantes para ayudar a desprendernos de esas corazas emocionales que hemos desarrollado a lo largo de los años. Músicos y actores, antes de entrar en escena, se aseguran de disponer de unos minutos para hacer una serie de respiraciones profundas con el objetivo de conseguir mayor serenidad.

Volver a un patrón de respiración tranquilo y abdominal tiene un poderoso efecto calmante y, por eso, es tan práctico en situaciones complicadas en el quirófano, ante un altercado en la calle o cuando estamos en casa y ocurre algo que puede sacarnos de nuestro punto de equilibrio. La respiración, además de por su impacto fisiológico, es de enorme utilidad para cultivar esa facultad de la que hemos hablado tantas veces y que es la capacidad de concentrarnos y prestar atención. Si sencillamente cerramos unos minutos los ojos y nos concentramos en los movimientos de la respiración, incluso contándolos, veremos cómo experimentamos unos momentos agradables de calma, paz y serenidad.

El simple hecho de parar los pensamientos perturbadores que con tanta frecuencia invaden nuestra consciencia tiene un claro efecto saludable porque reduce nuestra tensión interior y produce relajación corporal.

Tomado del libro Reinventarse, tu segunda oportunidad – del Dr. Mario Alonso Puig

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